Uno de los aspectos más difíciles de llevar en esta vida es el tema de las relaciones humanas. Los conflictos, roces y discusiones con las personas con las que convivimos habitualmente son casi imposibles de evitar. Se escriben libros sobre cómo llevarse mejor con otros, se desarrollan tesis sobre empatía e inteligencia emocional, miles de personas realizan consultas a profesionales de la psiquiatría, la psicología y los recursos humanos, pero somos tan complicados, tan diferentes, tan individualistas, tan... que resulta imposible conseguir una fórmula mágica para evitar los problemas de relación.
Trasladado esto a la familia, y en concreto a los matrimonios, el otro día mantuve una conversación muy interesante con mis cuñados. Y llegamos a una conclusión: no es lo mismo lealtad que fidelidad.
Leal puedes ser a tu jefe: no le traicionarías, no le dejas en evidencia, no le desobedeces, la lealtad no está exenta de crítica.
Con la familia, en especial con la pareja esto no es suficiente. Con ellos hay que ser fiel, incondicional, aunque se equivoquen, aunque tú lo harías de otra manera, hagan lo que hagan, sean como sean. No hay que exigirles nivel, no hay que presionarles, no hay que pasarles patatas calientes. Hay que ser cariñoso, decir las cosas siempre con mucha delicadeza, defenderles ante todo y todos. Y en todo caso la exigencia ha de ser con uno mismo: estar a la altura, pensar en qué les hace felices, tener detalles, intentar descargarles de pesos y tareas pesadas. Esto es fidelidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario