La leyenda de Sant Jordi
Según la tradición, la villa de Montblanc estaba siendo aterrorizada por un dragón que cada vez se aproximaba más a las murallas para buscar comida. Los vecinos empezaron dándole de comer ovejas; cuando éstas se acabaron, siguieron con los bueyes, y luego con los caballos. Al final no tuvieron más remedio que sacrificar a los propios habitantes.
Se metieron los nombres de todos en un puchero, también el del rey y el de su única hija la princesa. Cada día una mano inocente decidía quien sería el desayuno del dragón la mañana siguiente. Una tarde salió el papel con el nombre de la princesa. El rey suplicó sin éxito a sus súbditos por la vida de su hija. La joven salió de la ciudad hacia su fatal destino.
Cuando el dragón avanzaba hacia ella, surgió entre la niebla un caballero sobre un caballo blanco que arremetió contra la bestia, matándola de un certero golpe de lanza. Del gran charco de sangre creció un rosal y de sus ramas brotaron rojas rosas. La dama cortó una para entregársela a su salvador. El caballero Sant Jordi la aceptó y montando de nuevo, partió hacía la aventura.

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