martes, noviembre 29, 2011

maria ya tiene el salón que quería

Este post lo escribo desde mi flamante escritorio.

Hace unos meses, leyendo una revista, vi que podía concursar en un premio para que me "redecoraran" una habitación. Era muy sencillo: enviar unas fotos y pedir qué quería.

Y yo quería un despachito. Desde que asumí mi nueva responsabilidad no hay día que no tenga que traerme trabajo a casa. Me gusta no perder de vista a mis hijos y mientras ellos hacen sus deberes, mamá también podría trabajar. Quería sacar espacio en el salón, sacrificando un comedor que no usábamos apenas (siempre lo hacemos en el comedor de diario)  para tener mi espacio de trabajo.

Por aquel entonces estaba liada cambiando la habitación de mi hijo de 13 años, que todavía tenía papel azul con mota blanca y cenefa de animalitos, por un cuarto de adolescente con mesa para estudiar y cama grande. Mi hija mayor, que acababa de comenzar la universidad, reivindicaba la independencia del dormitorio de compartía con su hermana y okupaba el antiguo cuarto de juegos.  El presupuesto, por mucho que lo estirará no daba para más.

Ni corta ni perezosa escribí a la revista y... me escogieron para el número de noviembre. ¡Me tocó la lotería!
Ahora, eso sí, toda una experiencia en tres días: recoger nuestros muebles y elementos de decoración. Algunos los vendí de segunda mano, otros han sido reciclados y los "pongos" por fin han pasado a mejor vida. Para los que no lo sepan un pongo es ese objeto que cuando te lo regalan piensas: "y esto dónde lo pongo" En Barcelona hay incluso ferias de intercambio de pongos: tu muñeca sevillana que trajo la tía Conchi de la Feria, a cambio del jarrón chino que me regalaron por la boda.

El segundo día la mudanza: descargaron todo el nuevo mobiliario en casa. Vimos las noticias sentados en las cajas.

Y el día D, la casa fue invadida por estilistas y fotógrafos. Mi salón se convirtió en un estudio y yo tuve que vestirme a juego de la decoración para salir sonriente en las fotos.

Convivimos con los muebles y cajas salientes durante semanas, pero cuando me siento en mi precioso salón o escribía en mi escritorio junto a la ventana, la sensación de estar a gusto, confortable y cálida es una recompensa impagable.

Espero que os guste.



PD: pasados unos meses el salón tiene de nuevo un toque más personal (fotos de la familia, detalles y algún "pongo" que se niega a dejarnos)

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